viernes, 6 de junio de 2008

Agua sexual


Rodando a goterones solos,
a gotas como dientes,
a espesos goterones de mermelada y sangre,
rodando a goterones,
cae el agua,
como una espada en gotas,
como un desgarrador río de vidrio,
cae mordiendo,
golpeando el eje de la simetría, pegando en las costuras del
alma,
rompiendo cosas abandonadas, empapando lo oscuro.

Solamente es un soplo, más húmedo que el llanto,
un líquido, un sudor, un aceite sin nombre,
un movimiento agudo,
haciéndose, espesándose,
cae el agua,
a goterones lentos,
hacia su mar, hacia su seco océano,
hacia su ola sin agua.

Veo el verano extenso, y un estertor saliendo de un granero,
bodegas, cigarras,
poblaciones, estímulos,
habitaciones, niñas
durmiendo con las manos en el corazón,
soñando con bandidos, con incendios,
veo barcos,
veo árboles de médula
erizados como gatos rabiosos,
veo sangre, puñales y medias de mujer,
y pelos de hombre,
veo camas, veo corredores donde grita una virgen,
veo frazadas y órganos y hoteles.

Veo los sueños sigilosos,
admito los postreros días,
y también los orígenes, y también los recuerdos,
como un párpado atrozmente levantado a la fuerza
estoy mirando.

Y entonces hay este sonido:
un ruido rojo de huesos,
un pegarse de carne,
y piernas amarillas como espigas juntándose.
Yo escucho entre el disparo de los besos,
escucho, sacudido entre respiraciones y sollozos.

Estoy mirando, oyendo,
con la mitad del alma en el mar y la mitad del alma
en la tierra,
y con las dos mitades del alma miro al mundo.

y aunque cierre los ojos y me cubra el corazón enteramente,
veo caer un agua sorda,
a goterones sordos.
Es como un huracán de gelatina,
como una catarata de espermas y medusas.
Veo correr un arco iris turbio.
Veo pasar sus aguas a través de los huesos
EN JAÉN, DONDE RESIDO

En Jaén, donde resido,
vive don Lope de Sosa,
y diréte, Inés, la cosa
más brava d'él que has oído.

Tenía este caballero
un criado portugués...
Pero cenemos, Inés,
si te parece, primero.

La mesa tenemos puesta;
lo que se ha de cenar, junto;
las tazas y el vino, a punto;
falta comenzar la fiesta.

Rebana pan. Bueno está.
La ensaladilla es del cielo;
y el salpicón, con su ajuelo,
¿no miras qué tufo da?

Comienza el vinillo nuevo
y échale la bendición:
yo tengo por devoción
de santiguar lo que bebo.

Franco fue, Inés, ese toque;
pero arrójame la bota;
vale un florín cada gota
d'este vinillo aloque.

¿De qué taberna se trajo?
Mas ya: de la del cantillo;
diez y seis vale el cuartillo;
no tiene vino más bajo.

Por Nuestro Señor, que es mina
la taberna de Alcocer:
grande consuelo es tener
la taberna por vecina.

Si es o no invención moderna,
vive Dios que no lo sé,
pero delicada fue
la invención de la taberna.

Porque allí llego sediento,
pido vino de lo nuevo,
mídenlo, dánmelo, bebo,
págolo y voyme contento.

Esto, Inés, ello se alaba;
no es menester alaballo;
sola una falta le hallo:
que con la priesa se acaba.

La ensalada y salpicón
hizo fin; ¿qué viene ahora?
La morcilla. ¡Oh, gran señora,
digna de veneración!

¡Qué oronda viene y qué bella!
¡Qué través y enjundias tiene!
Paréceme, Inés, que viene
para que demos en ella.

Pues, ¡sus!, encójase y entre,
que es algo estrecho el camino.
No eches agua, Inés, al vino,
no se escandalice el vientre.

Echa de lo trasaniejo,
porque con más gusto comas;
Dios te salve, que así tomas,
como sabia, mi consejo.

Mas di: ¿no adoras y precias
la morcilla ilustre y rica?
¡Cómo la traidora pica!
Tal debe tener especias.

¡Qué llena está de piñones!
Morcilla de cortesanos,
y asada por esas manos
hechas a cebar lechones.

¡Vive Dios, que se podía
poner al lado del Rey
puerco, Inés, a toda ley,
que hinche tripa vacía!

El corazón me revienta
de placer. No sé de ti
cómo te va. Yo, por mí,
sospecho que estás contenta.

Alegre estoy, vive Dios.
Mas oye un punto sutil:
¿No pusiste allí un candil?
¿Cómo remanecen dos?

Pero son preguntas viles;
ya sé lo que puede ser:
con este negro beber
se acrecientan los candiles.

Probemos lo del pichel.
¡Alto licor celestial!
No es el aloquillo tal,
ni tiene que ver con él.

¡Qué suavidad! ¡Qué clareza!
¡Qué rancio gusto y olor!
¡Qué paladar! ¡Qué color,
todo con tanta fineza!

Mas el queso sale a plaza,
la moradilla va entrando,
y ambos vienen preguntando
por el pichel y la taza.

Prueba el queso, que es extremo:
el de Pinto no le iguala;
pues la aceituna no es mala;
bien puede bogar su remo.

Pues haz, Inés, lo que sueles:
daca de la bota llena
seis tragos. Hecha es la cena;
levántense los manteles.

Ya que, Inés, hemos cenado
tan bien y con tanto gusto,
parece que será justo
volver al cuento pasado.

Pues sabrás, Inés hermana,
que el portugués cayó enfermo...
Las once dan; yo me duermo;
quédese para mañana.

Baltasar de Alcázar

miércoles, 28 de mayo de 2008

ELOGIO DE LA MUJER FEA-LOPE DE VEGA

Ya propuse las virtudes
que tiene la mujer fea.
La fealdad en la mujer
es una muralla y cerca
por donde el vicio se aparta
y la deshonra es incierta.
No es ingrata ni arrogante
ni está llena de soberbia,
ni trae los hombres perdidos,
ni a los mancebos altera.
No se descubre en la calle
porque la adoren y quieran
ni por adarmes nos habla
de mil gravedades llena.
No tiene enfados de niña
ni pesadumbres de vieja;
de nada se aparta y huye,
todos gusta que is vean.
No es la Cava para España,
ni para Troya otra Elena,
ni Dido Para Cartago,
ni para Roma Lucretia.
No levanta discusiones
ni causa incendios de guerra
Para que conozca el mundo
que no es malo el ser fea,
es mayor en las mujeres
el número desta cuenta,
porque siempre en lo mayor
ayuda Naturaleza.
No da celos al marido
cuando se aparta o se ausenta,
ni teme de su valor
ni en su calidad sospecha.
Es un mensajero libre
que corre por dondequiera,
freno que detiene al malo.
razón que al lascivo templa.
Es joya que aunque la hallen
para su dueño la dejan,
fruta de ajeno cercado
que ninguno la desea.
Es torre que no la asaltan,
castillo oue no le cercan,
ciudad que no la combaten
y pozo que no le ciegan.
Es fácil" regaladora;
cuando la dejan se queja,
y adora' cuando la quieren
y cuando la bus can ruega.
Poco pide y mucho da.
sin que el rostro a nadie vuelva,
que en esto se ye y parece
cómo no es malo el ser fea.
Es la fea agradecida
de ver que el cielo le niega
la codiciosa hermosura
y la mudable belleza.
No teme del cierzo airado
si el color blanco la quema,
si la enfermedad la muda
y si la vejez la entierra,.
Es imagen soberana
que en viéndola luego cesan
de los incendios de amor
las rigurosas centellas.
Es consuelo al afligido,
pues le acompaña y consuela;
al flaco v doliente, amparo,
y al ignorante es maestra.
Es un gigante invencible
que nunca recibe ofensa;
es un alguacil piadoso
que en vez de prender nos suelta,
y en quien siempre la virtud
se detiene v se conserva,
que es difícil de alcanzar
lo que de muchos se precia.
No la ofenden los paseos,
las músicas y las fiestas;
causa que señala v dice
cómo no es malo el ser fea.


(La, enemiga favorable, loa en alabanza de las mujeres leas.)